La dieta en sí es bien sencilla: naranjas en zumo por la mañana, naranjas en el almuerzo a mediodía, y naranjas de postre en la cena y/o en la comida. Para aquellos que son ya expertos en la materia, están también los platos cocinados con este cítrico. Ya saben, el típico pato a la naranja, la desconocida sopa de naranja o un modesto bizcocho de naranja que está buenísimo. Yo hace meses que la sigo y, como yo, miles de hogares valencianos que tienen una vinculación directa o indirecta con el campo.

Es cierto que la dieta de la naranja es un clásico por estas tierras, pero quizás este año tenga más adeptos que la siguen de manera intensiva, a consecuencia de la crisis de precios que está viviendo el sector citrícola esta campaña. Porque antes de dejar perder las naranjas en el árbol, merece la pena que los agricultores se impongan a sí mismos, y de paso a familiares y amigos, tan sano menú. Esto debe ser lo que pensaron el jueves los miles de agricultores que se manifestaron en Orihuela. Repartieron naranjas a diestro y siniestro.

A los que poco o nada saben del campo puede parecerles que la protesta de Orihuela, y las que precedieron a tan ácida cita, son la muestra de que los agricultores, una vez más, lloran para conseguir ayudas. Pero lo cierto es que, a poco que se aproximen al tema, se percatarán de aspectos que sorprenden por básicos. Por ejemplo, ¿cómo puede ser que en este sector los recolectores trabajen para cobrar, al final, menos de lo que han gastado? Ante semejante despropósito, una no puede menos que apoyarles en la demanda de un precio justo, que evite que las naranjas se vendan a pérdidas o por debajo de coste.

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